Silenciero 2016

La siesta

Se ahogó en el arroyo. A una distancia equivalente a la extensión del brazo de su padre. Era cierto que no estaban a la altura del balneario como dijo la gente, que era un poco más allá. Para cuando su padre reaccionó ya la había tragado el remolino.

El hombre murió de un paro en el motel de la ruta. Estaba con esa chica que podría ser su hija, dijeron y que era un empresario vinculado a las cementeras. La noticia no salió en el diario.

A que te mato, le dijo un amigo al otro en chiste porque jugaban en el garage del fondo. A que te mato, otra vez. Y esa vez, disparó sin saber que la escopeta estaba cargada.

Le habían regalado la Zanella para los quince. Era una chica popular. Antes de que algo estuviera de moda, ella ya lo tenía. Andaba de acá para allá, del club a su casa o a dar la vuelta al perro. Fue justo en la esquina del colegio que el auto no la vio, ella voló. Dicen que ya estaba muerta antes de caer sobre el pavimento.

Era el único obstetra de guardia así que ese domingo salía apurado. Cuando dio marcha atrás al salir del garage, no vio al hijo de su vecino de dos años que pasaba corriendo por la vereda. El grito de la madre, dijeron, se escuchó en todo el barrio. No llegó vivo al hospital.

Le sacaron las llaves del Buggy al padre mientras dormía. Eran como diez arriba de ese autito que parecía de juguete. El sol pegaba sobre el pavimento. Agarraron la curva de la Costanera como venían. Al volcar, la carrocería aplastó a las dos chicas que iban agarradas del caño trasero.

Recién había llegado de Buenos Aires donde se había ido a estudiar. Su novia no fue a buscarlo a la terminal. Por teléfono le dijo que no lo quería más. Los padres dormían con el turbo puesto cuando él se pegó un tiro en la otra habitación.

El arroyo está creciendo, dijo la madre, tenemos que dejar la casa. Y no lo parecía, el sol pegaba de lleno.

                                                                                                  Laura Galarza

 

 

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