Año 2010

Proyecto "Caminos"

Un viaje puede marcar un antes y un después en la vida de una persona. Pero no cualquier viaje, sino aquel que se inicia con la incertidumbre de no saber cual es el destino final. Cuando solo contamos con un punto de partida y un horizonte por delante. Hablo de marchar a la odisea de un viaje iniciático y no como un turista a un all inclusive.

Viajar así, es ante todo, elegir la intemperie del no lugar. Elegir recomenzar, dejar atrás, perderse. Resignar la seguridad de una vida predecible y lineal a riesgo incluso de extraviarnos y no poder regresar. Hay algo que esta claro, una vez iniciado el viaje, ya no volveremos a ser los mismos. Salir es entrar al afuera, allí donde operan las fuerza centrifugas del deseo, que por antonomasia es insaciable. Ese salto al vacio que derribo al homínido del árbol y lo impulso a correr por el llano, es el mismo envión que nos hace subirnos a un auto y tomar una ruta hacia la nada.

Esto conlleva la fantasía de volver a empezar siendo otro, en el sentido de una ruptura con ese ser arrojado involuntariamente al mundo, que se constituye como un yo, solo a través de la mirada de los demás. En este caso elegimos ser arrojados, optamos por la intemperie, nuestra existencia es tan frágil como la del recién nacido. Es algo así como volver a nacer pero en forma voluntaria y consiente. El único refugio en esta aventura es el auto, que funciona como un espacio tibio y seguro y que nos retrotrae a la noción de casa. La casa alberga el ensueño, la casa protege al soñador. (Gaston Bachelard)

Una vez iniciada la travesía nuestra mirada se fija en el parabrisas, que nos abre una ventana al futuro. El presente se consume en el interior del auto. El pasado en cambio, es apenas un vestigio en el retrovisor, al que podemos acceder sin voltear la mirada. El tiempo que vivimos dentro del auto y que se mide en cuentakilómetros, nos recuerda que somos seres acotados, atrapados en la finitud.

Urgidos de perpetuidad deseamos que ese viaje nunca termine. Sera acaso esta ambición antropocéntrica la que nos mueve a construir caminos.
Posiblemente las rutas sean unas de las obras más monumentales construidas por el hombre. Es allí, donde el vertiginoso mundo contemporáneo acecha con su violencia milimétricamente reglamentada. Naturalizando lo inevitable, nos abrimos paso hacia adelante, siempre hacia adelante (La historia a diferencia de los ciclos nunca repite sus hazañas).

Como en una road movie las imágenes se funden unas con otras debelando la trama de una narrativa ambigua, donde el paisaje exterior es un espejo de nuestra geografía inconsciente. Hacia el final esas imágenes encuentran su poética en la interioridad. El viaje nos revela algo sobre nosotros mismos y no sobre el lugar a donde hemos llegado.