Año 2006

Fragilidades

Probablemente pocos objetos condensen en la cultura occidental tanta carga significativa como la manzana. Ese esférico cuerpo a menudo asociado al deseo es el leit motiv de fragilidad, la serie de pinturas e instalaciones que, hasta mañana domingo, Carlos Escoriza expone en el Museo de Arte Moderno.

En esta muestra, apoyado por un montaje impecable, el artista inicia un camino en el que se desprende de la figura humana (hasta el momento motivo central de su poética) Para tomar contacto con formas mas despojadas de representación y hasta cercanas a la abstracción.

Pero esta apuesta no tiene que ver con el silencio que muchas veces caracterizan a obras que se encuadran dentro de esta tendencia, sino con la necesidad de interrogarse sobre los avatares de los vínculos humanos.

Sin duda la lectura de Zygmunt Bauman, cuyos fragmentos de “Amor Liquido” forman parte de la puesta, constituye una marca fuerte. En ese libro el sociólogo polaco aborda el análisis de las relaciones interpersonales bajo la lógica de la economía de mercado; instancias en la que estas son concebidas como costo, beneficio. Aquí, amor es entendido como anhelo de preservar el ser querido y en contraposición a deseo, definido en términos de anhelo de consumir.

Este acercar la mirada al universo vincular se traduce en una suerte de “zoom” que se hace evidente en obras como “Tus pequeñas partecitas”, acrílico de enormes dimensiones y quizás el más audaz de la serie. Allí trozos de manzanas se (con) funden y por momentos parecen tomar la forma de cuerpos, recordando etapas anteriores, en las que el artista trabaja con el juego de luces y sombras sobre torsos desnudos.

Por otra parte, mediante una lucida instalación, Escoriza representa una suerte de Big Bang, pero deliberadamente para hacerlo se vale de manzanas; aquellos mismos frutos prohibidos que en el relato cristiano del origen ocasionan la expulsión del Edén. Todas son verdes salvo la del centro.

Abajo, sobre el suelo y obstaculizando el paso, una estructura de madera atravesada con clavos provoca a los espectadores, quienes habiendo consumido unas de las frutas clavan el carozo, ejecutando una doble intervención de la instalación. Con el paso de los días las frutas empiezan a tornarse mustias, poniendo en evidencia la materialidad de ese proceso vital.

Finalmente, se trata de una serie en la que la elipsis es manejada con arte. Y, bajo la firme premisa de que aquello que resulta esencial nunca debe ser nombrado: amor/desamor, deseo y fragilidad se escurren, sin embargo, entre sutiles metáforas.